
Georgie no aguantó más y perdió su autodominio.
– De verdad te odio.
– Imposible. Scooter nunca podría odiar a su querido Skip. No después de que él dedicara ocho años de su vida a sacarla de sus locos apuros.
Georgie cogió sus sandalias y se puso una.
– Para ya, Bram -dijo Trev.
Pero Bram no había terminado.
– ¿Te acuerdas de cuando te caíste en el lago vestida con el abrigo de piel de mamá Scofield? ¿Y qué me dices de cuando abriste la jaula de aquellos ratones en su fiesta de Navidad?
Si no respondía a sus provocaciones, Bram dejaría de pincharla.
Pero a Bram siempre le había encantado la tortura lenta.
– Incluso el día de nuestra boda te metiste en problemas. Fue una suerte que no llegáramos a rodar aquel capítulo. Por lo que tengo entendido, yo iba a dejarte embarazada durante la luna de miel. Si la cadena no hubiera cortado el suministro, yo habría sido el padre de un pequeño Skip.
La rabia de Georgie explotó.
– ¡No era un pequeño Skip, sino unos gemelos! Se suponía que íbamos a tener gemelos, una niña y un niño. Es obvio que estabas demasiado colocado para recordar ese pequeño detalle.
– Sería por inmaculada concepción, seguro. ¿Te imaginas a Scooter desnuda y…?
Georgie no pudo aguantarlo más y se dirigió a la casa, con una sandalia calzada y la otra en la mano.
– Yo de ti no me iría -declaró Bram con parsimonia-. Hace diez minutos vi a un fotógrafo esconderse en los arbustos del otro lado de la carretera. Alguien debe de haber visto tu coche.
Estaba atrapada.
Él la miró de arriba abajo, uno de sus numerosos hábitos desagradables.
– Por casualidad no habrás vuelto a fumar, ¿no, Scoot? Necesito un cigarrillo y Trev se niega a tener en su casa un cartón para los invitados. Es un auténtico boy-scout. -Bram arqueó una de sus perfectas cejas-. Salvo por sus vicios con miembros de su mismo género.
