Hacía catorce años que conocía a Trevor. Lo conoció durante el rodaje de Skip y Scooter, cuando él representaba a Harry, el amigo bobo de Skip, pero Trevor hacía mucho tiempo que había dejado de representar papeles secundarios para protagonizar una serie de comedias escatológicas pensadas para chicos de dieciocho años. Las últimas Navidades, ella le había regalado una camiseta con la leyenda: «Me encantan los chistes de pedos.»

Aunque apenas medía un metro setenta, Trevor tenía un cuerpo bonito y bien proporcionado, así como unas facciones un poco torcidas que lo convertían en la persona idónea para encarnar al perdedor tontorrón que salía airoso de todas las situaciones.

– No debería haber venido -dijo Georgie sin hablar en serio.

Trevor silenció la retransmisión del partido de béisbol que estaba viendo en su televisor de plasma y, al ver el aspecto de Georgie, frunció el ceño. Ella sabía que había perdido más peso del que su esbelto cuerpo de bailarina podía permitirse, pero eran los disgustos, no la anorexia, lo que le encogía el estómago.

– ¿Hay alguna razón por la que no me hayas devuelto mis dos últimas llamadas? -preguntó Trevor.

Ella empezó a quitarse las gafas de sol, pero entonces cambió de idea. Nadie quería ver las lágrimas de un payaso, ni siquiera el mejor amigo del payaso.

– La verdad es que estoy demasiado absorta en mí misma para preocuparme por nadie más.

– No es cierto. -La voz de Trevor se suavizó con ternura-. Tienes pinta de necesitar una copa.

– No hay suficiente alcohol en el mundo para… Vale, de acuerdo.

– No oigo ningún helicóptero. Sentémonos en la terraza. Prepararé unos margaritas.

Trevor desapareció en el interior de la cocina. Georgie se quitó las gafas de sol y atravesó con pesadumbre el suelo de terrazo moteado hasta el lavabo para arreglar los daños resultantes del ataque de los paparazzi.



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