El único consuelo que había tenido desde el hundimiento de su matrimonio era saber que los paparazzi nunca, en ningún momento, la habían fotografiado con la cabeza baja. Incluso el peor día de su vida, aquel en que su esposo la había dejado por Jade Gentry, había conseguido esbozar una de las sonrisas características de Scooter Brown y adoptar una pose de chica mona para los chacales que la acosaban. Pero ahora le habían robado sus últimos vestigios de orgullo. Y Bram Shepard lo había presenciado.

Se le hizo un nudo en el estómago. Lo había visto por última vez en una fiesta unos dos años atrás. Él estaba rodeado de mujeres, lo que no constituía ninguna sorpresa. Ella se había ido de la fiesta de inmediato.

Sonó una bocina. No podía enfrentarse a su casa vacía ni a la lastimosa diversión pública en que se había convertido su vida, así que se dirigió a la casa de su viejo amigo Trevor Elliott, en la playa de Malibú. Aunque llevaba conduciendo una hora, el ritmo de su corazón no había disminuido. Poco a poco, había perdido las dos cosas que más le importaban, su esposo y su orgullo. Tres cosas, si incluía la gradual desintegración de su carrera. Y ahora aquello. Jade Gentry llevaba en sus entrañas el hijo que Georgie tanto había deseado.

Trevor abrió la puerta.

– ¿Estás loca?

La agarró de la muñeca, la hizo entrar en el fresco y sombreado vestíbulo y asomó la cabeza al exterior, pero la entrada en ele de su casa ofrecía suficiente intimidad para ocultarla a la vista de los periodistas que estaban aparcando en el arcén de la carretera de la costa del Pacífico.

– Es seguro -declaró ella un tanto irónicamente, pues nada parecía seguro en aquellos días.

Él se pasó la mano por su rapada cabeza.

– Esta noche, en E! News ya estaremos casados y tú estarás embarazada.

¡Si tan sólo fuera verdad!, pensó ella mientras lo seguía al interior de la casa.



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