
– ¿Estás insinuando que es hora de que me marche a casa?
– No, en absoluto. Estoy diciendo que deberíamos largarnos a tomar algo y festejar la nueva vida que tenemos gracias a este trabajo.
Emma sólo llevaba unos meses en el periódico, pero Rina acababa de llegar y resultaba evidente que quería dar una buena impresión a sus jefes. Llegaba pronto y salía tarde, pero hasta el más dedicado de los empleados debía divertirse un poco.
– ¿Tienes alguna idea al respecto? -preguntó Rina.
Emma vio entonces que su chófer, contratado por su hijo, acababa de llegar. Así que pensó que podía aprovecharlo.
– Podríamos ir a O'Dooley y tomar unas cervezas.
Rina empezó a reír.
– Lo siento, pero me cuesta imaginar a una mujer de más de ochenta años bebiendo cerveza…
– Vaya, vaya. No deberías burlarte de una anciana dama. ¿Es que prefieres que tome tequila?
– Yo me tomaré uno contigo -dijo Rina, a modo de reto.
– Hecho. Al menos no tendré que preocuparme por conducir después. Y si vienes conmigo, tú tampoco tendrás que hacerlo. Deja tu coche aquí. Te dejaré en tu casa esta noche e iré a recogerte mañana por la mañana.
Rina hizo ademán de considerar la oferta, pero Emma sonrió: sabía que ya se había decidido.
– Está bien, vamos a divertirnos un rato -dijo al fin.
Entonces, Rina echó hacia atrás su silla con ruedas, giró en redondo y se levantó casi de un salto.
– ¿A qué viene eso? -preguntó Emma.
– Sólo quería actuar de un modo tan libre como me siento -explicó Rina-. Estoy tan feliz por haber conseguido este trabajo y por empezar a vivir en Ashford…
Emma sonrió para sus adentros y se frotó las manos. Con una actitud tan vital, Rina era la candidata perfecta para sus planes de celestina.
– Entonces, vámonos…
– ¿Crees que conoceremos a algún hombre interesante en ese local? Ahora que estoy escribiendo esa columna sobre temas picantes, no me vendría mal un poco de interacción social.
