Milner se detuvo. Christopher continuaría solo a partir de aquí.

Christopher sólo miró atrás para saludar con la cabeza a Milner. Luego ascendió el último tramo de escalones hasta el vestíbulo o porche. Delante de él había una gigantesca puerta de doble hoja, de casi dos metros de ancho por más de diez de alto, tallada en madera de olivo, con relieves de querubines, palmeras y flores, y bañada por completo en oro puro. Un espectacular tapiz multicolor suspendido sobre las puertas exhibía un paisaje del universo. Y sobre él, todo el ancho del muro estaba esculpido con enormes relieves de viñas y hojas de parra, con racimos de uvas tan altos como un hombre, y casi igual de anchos, también completamente recubiertos de oro.

Christopher respiró hondo y reanudó el paso. Abrió una tras otra las hojas de la enorme puerta, para que penetrara la brillante luz del día, y pasó a la siguiente cámara, llamada el hekal o sancta. El techo del sancta era doce metros más bajo que el techo del porche, dotando a la sala de una altura de treinta y dos metros. El suelo era de madera de ciprés. Las paredes lucían un friso de cedro, y por encima estaban revestidas de oro. El dorado altar del incienso humeaba todavía, liberando una agradable fragancia a olíbano. Otro altar, la mesa de los panes de la proposición (pan sagrado), presentaba un aspecto impoluto, con doce hojas de pan ácimo dispuestas en hileras. Las velas de un menorá de oro, aunque casi consumidas por la llama, proporcionaban la única luz interior.


* * *

Milner, que permanecía en el exterior del Santuario, dio media vuelta y desanduvo el camino por el que habían entrado. Había un asunto fuera del Templo que requería su atención.



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