
Justo detrás del altar, en la sección más occidental del patio de los Sacerdotes, estaba situado el Santuario. Éste era el destino final de Christopher, pero Milner y él tenían que cumplir con otra misión antes de seguir adelante. Christopher encontró rápidamente lo que buscaba y, con un gesto, le señaló a Milner sus intenciones.
– Hemos de asegurarnos de que no vuelvan a sacrificarse aquí más animales para satisfacer la sed de sangre de Yahvé. Debemos profanar el altar para que no pueda ser utilizado nunca más.
Con Milner siguiéndole de cerca, Christopher se aproximó al lugar donde había visto varias palas de latón, que los sacerdotes utilizaban para recoger la ceniza. Cogieron una cada uno y se fueron hasta un montón de estiércol que aguardaba a ser retirado cerca de las mesas de sacrificio. Apañándose con un solo brazo, Christopher llenó una palada, se acercó al altar y la vació sobre uno de sus costados. Luego, entre ambos, repitieron el gesto hasta que hubo desaparecido el montón y el altar estuvo sucio de estiércol, y para terminar golpearon las palas de latón contra cada una de las cuatro piedras del altar.
– Con eso bastará -dijo Christopher, que sabía que la ley judía prohibiría para siempre jamás que aquellas piedras profanadas fueran utilizadas como altar.
Rematada la faena, Christopher y Milner se adentraron en el Santuario. A vista de pájaro, el Templo propiamente dicho se levantaba sobre una planta en forma de T, resultado del compromiso al que habían llegado los que querían reconstruir el Templo a partir de los planos del profeta Ezequiel y los que querían recrear el diseño del Templo de Herodes. Medía cincuenta y tres metros en la parte más ancha, treinta y dos en la más estrecha, y se alzaba otros cincuenta y tres metros sobre el patio de los Sacerdotes. Flanqueaban la entrada, a derecha e izquierda, dos fabulosos pilares exentos de bronce, a los que los sacerdotes se referían como Jaquim y Boaz respectivamente.
