– ¿Y con qué señal nos harás sabedores de que eres quien dices ser? -Con la misma que yo, Elías, usé ante el rey Ajab y el pueblo de Israel en el Carmelo

Chaim Levin arqueó una ceja y frunció ligeramente el entrecejo. El descaro de Milner le impresionaba, pero ni por un momento pensó que fuera capaz de hacer lo que decía.

– ¿Y cuándo veremos esa señal? -preguntó pasados unos instantes.

– En esta hora -repuso Milner. Entonces le dio la espalda a Levin y girándose hacia la muchedumbre continuó-: Israel ha sufrido mil doscientos sesenta días de sequía. ¡Hoy ésta llega a su fin!

Dicho esto, sus manos salieron disparadas hacia el cielo, y en algún lugar más allá del Templo se oyó un leve rugido, que en pocos segundos ganó la intensidad de un trueno estremecedor. De pronto, el cielo se oscureció a una velocidad inaudita, y el firmamento se llenó de gruesos nubarrones grises aparecidos como por arte de magia. La muchedumbre y los sacerdotes, salvo unos pocos que había junto al sumo sacerdote, retrocedieron aterrados. Nada más retirarse, cayó en el área que había quedado despejada un rayo acompañado del estallido ensordecedor de un trueno, que hizo que la gente saliera corriendo, echándose las manos a los oídos. Al primer rayo le siguieron enseguida otros tres, que cayeron, cada uno más potente que el anterior, en el espacio abierto por la evacuación. Después empezó a llover.

El agua se precipitó como una tromba sobre Milner, el sumo sacerdote y todos los demás, exceptuando los poquísimos que habían tenido tiempo de resguardarse. La mayoría permaneció donde estaba, mirando agradecida hacia el cielo. Algunos se pusieron a bailar.

Para la muchedumbre, que conocía el episodio bíblico de Elías, el veredicto no podía ser otro: éste tenía que ser el profeta. ¿Cómo si no se explicaba aquello? El sumo sacerdote no estaba convencido del todo, pero no podía ofrecer ninguna explicación plausible, de modo que permaneció en silencio, con la mirada fija en Milner, mientras la lluvia convertía su impecable y elegante atuendo en un hatajo de trapos chorreantes. Enseguida muchos de los sacerdotes y levitas se unieron a la muchedumbre, que proclamaba a Milner como el Elías prometido, quien, según la profecía, había de preceder al Mesías.



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