
Fue por eso por lo que nadie se sorprendió cuando, pasados unos minutos en los que la lluvia les seguía calando, Milner anunció:
– ¡He aquí vuestro Mesías!
Bajo la lluvia incesante, Milner se volvió y pareció que señalaba con la mano extendida hacia el Templo, pero nadie adivinó qué era exactamente lo que esperaba que vieran. Entonces, por encima del ángulo sudeste, se abrió un claro en las nubes, permitiendo que lo atravesara un único rayo de rutilante sol.
– ¡Ahí está! -exclamó alguien.
En lo alto del muro, justo al borde del ángulo sudeste del Templo, a cincuenta y cinco metros por encima de ellos, en un lugar tradicionalmente conocido como el pináculo, estaba Christopher, con sus ropas agitándose al viento y completamente seco bajo el rayo de luz, que le iluminaba como un foco. Enseguida el haz de luz se ensanchó, al tiempo que las nubes se esparcían en todas direcciones, llevando la lluvia al reseco territorio de los alrededores de Jerusalén. Escasos momentos después, volvía a lucir el sol sobre la zona del Templo.
Ahora casi todas las cadenas de televisión del mundo estaban emitiendo en vivo cuanto acontecía en Jerusalén. Todas las cámaras le enfocaban y retransmitían sus palabras y su imagen a los rincones más apartados del planeta.
– Gentes de la Tierra -empezó Christopher lentamente, con un tono sereno y tranquilo destinado a restaurar la calma-. Durante miles de años, profetas y augures, astrólogos y oráculos, chamanes y adivinos han anunciado la llegada de quien traería consigo la rama de olivo de la paz para todo el planeta.
