
– No vengo a hacer píos pronunciamientos religiosos -dijo Christopher-. Ni a exigir que me adoréis o insistir en que me rindáis homenaje. No busco vuestras alabanzas ni vuestra pasión, tampoco os pido devoción. No es mi intención que me veneréis ni que me aduléis, o que me paguéis tributo. Y aún menos que me glorifiquéis, deifiquéis, idolatréis, ensalcéis, exaltéis o veneréis.
»Al contrario, vengo para deciros que os ocupéis de vosotros mismos. Porque es dentro de cada uno de vosotros donde reside toda la deidad, toda la divinidad que vayáis a necesitar. Podéis llamarme dios, no lo niego: ¡soy un dios! Pero yo os llamo dioses a vosotros. ¡A todos! ¡A cada uno!
Para el sumo sacerdote Chaim Levin, aquélla fue la gota que colmó el vaso. Lo que escuchaba era una blasfemia flagrante, y por nuevos que fueran sus ropajes, tenía la obligación de rasgarse las vestiduras y arrojarse polvo sobre la cabeza. Así que empezó con mucho ímpetu, pero tuvo que conformarse con el barro. Algunos de los sacerdotes y levitas que estaban con él se aprestaron a imitarle. Pero otros, muchos más, estaban demasiado interesados en lo que aquel hombre resucitado de entre los muertos tenía que decir.
– No es mi divinidad lo que vengo a proclamar aquí -continuó Christopher-, ¡es la vuestra!
»No traigo amenazas ni castigos -dijo tranquilizador, haciendo caso omiso a los aspavientos que hacía el sumo sacerdote allí abajo-. Vengo a ofrecer a la humanidad la vida eterna y un gozo inimaginable. Traigo conmigo la oportunidad de construir un mañana de abundancia y vida, a partir de un pasado de hambre y muerte. Venid conmigo. Seguidme. Y os conduciré a un milenio de vida y de luz.
