La teatralidad con que el sumo sacerdote arrancaba sus ropas y se arrojaba barro encima distrajo a Decker del discurso de Christopher el tiempo suficiente para darse cuenta de que le oía con toda claridad, a pesar de encontrarse tan lejos de la calle. Su voz parecía brotar de algún lugar pegado a él, o puede incluso que… de su propio interior. A este hallazgo le siguió otro mucho más prodigioso. De pronto, cayó en la cuenta de que Christopher no estaba hablando en su lengua natal; de hecho, no la había utilizado desde que empezó a hablar. Decker no sabía bien de qué lengua se trataba, pero estaba convencido de que jamás la había escuchado antes, y sin embargo, entendía cada palabra. Lo mismo les ocurría, aparentemente, a cuantos le rodeaban y, por deducción, a todos los habitantes de la Tierra, independientemente de cuál fuera su lengua nativa.

Se preguntó si alguien más se habría dado cuenta de que Christopher les hablaba en una lengua que no era la suya. Decker intentó recordar y repetir mentalmente algunas de aquellas palabras, pero descubrió que, a pesar de comprender cuanto Christopher decía, le era completamente imposible reproducir ni una sola palabra, ni siquiera una sílaba. Christopher le explicaría más tarde que aquélla era la lengua madre de todas las lenguas humanas, una universal y espontánea a los hombres, igual que los sonidos animales lo son para cada especie animal. Christopher le aclararía después que se trataba de la lengua que hablaban los hombres antes de la confusión de lenguas, confusión de la que se sirvió Yahvé para dividir a la gente de la Tierra cuando construyeron la torre de Babel.

– Hace tres días y medio -continuó Christopher-, ante el mundo entero, un seguidor de Juan y Cohen y del Koum Damah Patar me mató disparándome un tiro en la cabeza. Hace menos de doce horas, y de nuevo con todo el planeta como testigo, he resucitado de entre los muertos.



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