Y el arte, y las novelas policíacas eran la expresión sublime de ello, busca el equilibrio aristotélico: en medio está la virtud, o dicho de otro modo: ni tanto ni tan calvo. Aquí los asesinatos se cometían de uno en uno, cada mucho tiempo. Pero ¿y esa maravilla de hecatombes en las que perecían quince o veinte hombres a balazo limpio, con su escenario, su móvil, sus sospechosos, tal y como sabía hacer el maestro de maestros, Raymond Chandler? Veinte muertos en un poblacho de cinco mil habitantes, qué maravilla. Aquí uno tenía que bregar con las palizas de la Guardia Civil en un despacho con un crucifijo flanqueado por una foto del Caudillo y otra del Ausente…Eso era sencillamente apestoso. Podría servirles a los directores del nuevo cine español que empezaba a descollar, pero no era para él. Espeja el viejo tenía razón, y aunque le repatease harto, había que dársela en eso: nada de novela social. Lo que él perseguía era siempre sutil.

Sam Speed. Bastaron tres disparos de la equis para que Samuel quedara convertido en Sam. Sam Speed. Así le pareció más sonoro, rotundo y convincente. Además recordaba bastante a Sam Spade.

Empezó a canturrear. Solía sobrevenirle la euforia en cuanto terminaba. Pero la euforia no tardaba en devolverle a su propio descrédito.

Modesto, al que despertaron las primeras notas de ese himno de la alegría, oyó los preparativos. Iban con retraso. Habían sido más de diez minutos. Cortés extrajo de una carpeta azul unos cuantos folios, que dejó sobre la mesa, y metió en ella la novela nueva. El ruido de los cordones elásticos, al cerrarse, le sonaron a gloria celestial.

– Ya, Modesto. Podemos irnos.

– ¿Es buena?

Se dejó contagiar del buen humor de su amigo, y también se le iluminó el rostro, aunque al mismo tiempo se encogió de hombros.

– Ya sabes tú cómo son estas cosas. Podría haber sido peor.



18 из 280