
Paco Cortés quería ser un clásico. En ese momento nadie espera que el lector se vaya a fijar en una hormiga, ni siquiera se para a pensar que las hormigas se recogen temprano como las gallinas, y que no andan por ahí de picos pardos, ni mucho menos metiéndose en el tambor de un colt 45, pero a los clásicos se les perdona todo. Para Paco Cortés el crimen era una cosa muy seria. Crímenes como Dios manda, bala o cuchillo, nada de amaneramientos, como él decía. Consideraba, igual que De Quincey, que todos los casos de envenamiento, comparados con el estilo legítimo, o sea, la muerte con sangre de por medio, lo mismo que las figuras de cera respecto de una estatua de mármol, o un cromo en comparación con un verdadero cuadro de museo, eran una estafa. Al diablo todos los traficantes de veneno que no se atienen a la honesta costumbre de cortar cuellos sin recurrir a esas abominables innovaciones para lucimiento de la policía científica, decía. Cuando se es un clásico, hay que apechar con ello. Por eso el lector había de creerse desde el primer momento que eso que le contaban podía o no ser verdad, pero tenía que ser real, o podía haberlo sido, y todo lo que ocurría demasiado cerca de él, en Madrid, viniendo al caso, acababa siendo mediocre y vulgar, y nadie se lo creía. ¿Qué pensaría un lector de un asesino que se llamara Casimiro Palomo, natural de Torrijos, provincia de Toledo? Eso estaba bien para El Caso, nada más. Con un nombre como ése no se escalan las rampas del arte. ¿No resultaba más convincente que un negro se llamara Newton Milles y fuese él quien se cargaba al dueño de una casa de empeños? ¿Las cosas que sucedían en la Down Street de Los Ángeles, frente a la bahía, junto a las dársenas del puerto podían ser tan creíbles como las que sucedieran en la Costanilla de los Angeles? No, desde luego. Cortés seguía con atención la sección local de los periódicos y sobre todo
El Caso, en busca de argumentos servidos en bandeja por Lolita Chamizo, redactora de ese periódico y amiga suya, pero nunca le aprovechaban: unas veces, demasiada sangre y demasiado notoria, y otras, demasiado escasa y poco conmovedora.