Se fijó en el pelo de la chica del secador, también fundido. Un nuevo timbrazo percutió en su cerebro como si le metieran una aguja de tricotar en el tímpano. Sintió la descarga también en el estómago vacío. Los que escriben noveluchas policíacas llaman a ese aleo en las tripas el «heraldo de la muerte». Se sentó en la cama sin hacer ruido, con movimientos instintivos, del felino que adivina dónde está el peligro. Había pasado de ratón a gato.

Cuando dejaron de flagelarle aquellos toques, Delley oyó al otro lado la respiración de los sabuesos. Quizá la orden que traían era mucho más sencilla. Lo iban a trufar de plomo y a dejarle allí, con el reflejo de aquella chica tan sexi encima. Seguramente ni siquiera habrían venido de uniforme. Sí, acabaría tirado sobre la alfombra, haciendo un dúo con la muñeca voltaica. Delley dedujo por el alboroto que eran tres o cuatro los hombres. Volvieron a llamar.

Crg. crg. crg…

Esta vez fueron golpes secos, nerviosos, efectuados con el mocho de una pistola. Delley estaba cansado, había llegado al final, estaba harto de ver muertos.

La habitación olía a tabaco y a whisky de malta, sobre todo a whisky Por la mañana, al dejar el periódico en el que había leído la noticia de la muerte de Dora, vertió sin querer el vaso sobre la alfombra. Quiso evitarlo y derribó la botella, que estaba junto a la cama, en la mesilla de noche, trató de detener su caída con un torpe movimiento, pero la botella se rompió. El suelo se llenó de cascotes cortantes, y en dos segundos aquello olía como una destilería. Los vidrios rotos aún seguían tirados y parte del whisky se había evaporado. Eso había ocurrido hacia las diez. Luego pidió que le subieran del bar de Lowren algo de comer, otra botella de whisky, cigarrillos y un café bien cargado. No dejó pasar al camarero. No quería que viese los vidrios rotos ni el charco de whisky. Pero Joe, el chico que trabajaba para Lowren, arrugó la nariz. Se le puso en la boca una sonrisa maliciosa. Era un buen muchacho.



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