– Señor Delley, no sé qué hace, pero ahí dentro huele tanto a whisky que como encienda una cerilla saltará todo el edificio por los aires. Se lo digo porque sé de dónde saca el señor Molloy ese brebaje.

Delley le largó un billete de veinte pavos por la ranura de la puerta, y le despidió. Ya a solas bebió el café, pero los restos de una hamburguesa sanguinolenta siguieron tirados en un rincón entre los cristales rotos. Como si los hubiera desechado un perro. Un gato. Una rata. Le habían cazado como a una rata. No, él no era una rata.

– Eh, Delley, sabemos que estás ahí, abre la puerta. Queremos charlar contigo. Venimos por las buenas, nos envía el Gobernador.

– Olson, vete al diablo y dile al señor Austin que se vaya también al infierno. Al primero que cruce esa puerta le voy a llenar el cuerpo de corcheas. Lo que pase luego es asunto que me trae al pairo.

– Sé razonable, Delley. Eh, tú -y Delley oyó que Olson preguntaba a alguien que tenía al lado, bajando la voz-, ¿qué ha querido decir Delley con eso de las corcheas?

Delley se imaginó la cabezota gorda de Olson.

Uno de los secuaces de éste recorrió el pasillo hasta el extremo. Se oyeron sus pisadas. Un estrecho corredor con las paredes pintadas de opresión y diez o doce puertas, del mismo color, a uno y otro lado. Acababa en una ventana. Lo que se veía a través del cristal era aún más inquietante, un patio de luces como para arrojar desde lo alto a un hombre y decir que se había matado cuando trataba de huir. Los goznes orinecidos rechinaron cuando probó a abrirla. Un chillido al mismo tiempo de ratón y de gato. Sacó medio cuerpo a un patio angosto y lo inspeccionó por si había una escalera de incendios.

– Dile a tus gorilas, Olson, que no soy tan idiota de meterme en una madriguera con escalera de incendios. Si queréis entrar por la ventana vais a tener que llamar al Hombre Araña. Aunque siempre estáis a tiempo de pegarle fuego a los apartamientos, pero en ese caso lo que venís buscando saldrá volando por el aire. Tengo conmigo una de las botellas de Molloy y ya sabéis lo que eso significa. Y cuando veáis todos estos billetes hechos pavesas en el cielo estrellado quizá os entren ganas de iros de picnic y llevaros a vuestra chica para que viva una noche romántica.



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