Eran las cuatro de la tarde, pero se habría dicho que la oficina contaba con todos sus efectivos: secretaria, contable, tesorero, el viejo mozo para todo y el propio señor Espeja el viejo, aferrado a su escritorio de roble como el capitán al timón del buque. Buena imagen.

– Van a tener que esperar. El señor Espeja está en este momento ocupado con doña Carmen. Voy a avisarle de que estás aquí, Paco.

– Vaya usted, Clementina.

La vieja secretaria entró en un despacho contiguo. Era una mujer alta, caballuna, con una joroba apenas disimulada y desviada hacia el hombro derecho, y andares atentados y sigilosos. El detalle del cuello blanco, con rizos de huevo frito, y las puntillas blancas de los puños, almidonados, le daban un aspecto aún más siniestro.

El señor Espeja el viejo, como era habitual, gritaba de una manera poco considerada. Cuando se vieron solos, el propio Paco Cortés susurró a Modesto Ortega que aquella doña Carmen era Carmen Bezoya, responsable de la línea rosa editorial casi desde los mismos orígenes de la novela rosa en el mundo. Se decía, o se había dicho, para ser más exactos, que aquella mujer había sido la amante de Espeja el muerto.

– Es sólo un minuto.

Clementina, de vuelta, fue a sentarse en su sitio. Sobre la mesa, junto al teléfono, modelo de baquelita, que tampoco había sido sustituido desde 1929, había en un platito una maceta de tamaño yogur. Entre chinaros negros nacía un cactus como un acerico erizado de alfileres y coronado por una diminuta flor color brasil. Parecía haberse pinchado con los alfileres la yema del dedo. Modesto Ortega se quedó mirando a la vieja secretaria, que ni siquiera se tomó la molestia de sonreírle. Entre el cactus y ella se diría que había un vago parentesco.

«Se lo tengo dicho, doña Carmen, y no me haga usted que se lo repita: nada de novela social. Lleva usted escribiendo novelas rosas desde hace sesenta años, así que no tengo que recordarle cómo se hacen.



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