
Paco Cortés y Modesto Ortega oían en silencio, sin atreverse a moverse de sus asientos, aquella explosión de ira de Espeja el viejo que desbordaba la puerta de su despacho. La señorita Clementina trató de quitarle importancia:
– Ya sabes cómo se pone. Toma, acaba de llegar.
Le tendió a Paco Cortés un ejemplar de No lo hagas, muñeca, por Smiles Hudges, otro de sus seudónimos. En la portada, de Manolo Prieto, como todas las de Dulcinea, se veía a un hombre con sombrero y gabardina que trataba de arrebatarle la pistola de caño corto, en principio una Colt A-1 Commander, a una rubia platino, vestida también con una gabardina, aunque por el escote se insinuaba que debajo de la gabardina podía no llevar nada. Miró por encima el dibujo y le pasó el libro a Ortega, que se apoderó de él con ansiedad.
– ¿Esta es la que me contaste de las esmeraldas que pasaban de contrabando en un cargamento de café?
Cortés asintió con un movimiento de cabeza.
Aquel cuarto, comunicado con otros, era luminoso, pero estrecho y largo. Con tantas ventanas recordaba a un tranvía. Como dos guardianes flanqueaban el despacho del director sendos bustos de escayola, metidos en hornacinas a uno y otro lado. El polvo de más de cuarenta años les había apelmazado la severidad del porte. Toda la fantasía decorativa de Espeja el muerto había fraguado en aquella nota artística, mantenida allí desde la fundación del emporio como imagen de un sagrado tabernáculo.
