¿Y Marck Flaherty, el irlandés que sabía de contrabandistas de whisky lo que no estaba escrito? ¿Iban a desaparecer para siempre? ¿Y el distinguido caballero inglés James Whitelabel, el discreto, ingenioso, excéntrico sir James, con castillo en Escocia, un ama de llaves implacable, un hijo bala perdido y una inteligencia a prueba de una bomba atómica, siempre dispuesto a socorrer a los atolondrados inspectores de Scotland-Yard para resolver crímenes que se presentaban como irresolubles? ¿También él iba a pagar a Carente con el dinero del señor Espeja y a perderse para siempre en el otro lado de la laguna Estigia?

– No puedes hacer eso. Paco. Piénsalo fríamente antes de tomar ninguna decisión -acertó a mistarle con un hilo de voz-. ¿Cuántas novelas llevas escritas ya?

– Por eso mismo, Modesto. Mírame. Treinta y tres con Los negocios sucios del Gobernador, y sigo como sigo; eso quiere decir que las cosas no iban bien, Modesto. Ahora quieren otra cosa. Los detectives son expertos en cocina mediterránea y filosofan sobre la lucha de clases. Antes los que filosofaban eran los sargentos de la comisaría y los horteras de farmacia. Los jóvenes buscan emociones sofisticadas que yo soy incapaz de darles. Quieren novelas en las que los asesinos sean más inteligentes que los policías, los ladrones más despiertos y con mejor suerte que las personas decentes y los sinvergüenzas más subyugantes que la gente honrada. Los malos son los buenos y los buenos, los tontos. Y desde que hay sociología, la culpa de los crímenes la tienen o la infancia atribulada o el medio hostil. Nadie es culpable de nada ni el mal existe en sí mismo. En una palabra, el problema no reside en el Whos done it? Todos creen que lo que determina el crimen es el campo de fuerzas que se crea alrededor de la víctima, la coacción al destino, que emana de ella, de su relación con los demás, ese sistema de fuerzas y probabilidades que rodea a toda criatura humana y que se suele llamar destino.



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