– No eres nadie, ¿te enteras, cretino? Te has hecho en esta editorial, ¿y así es como nos pagas a mi-tío-que-en-paz-descanse y a mí? ¿Crees que van a querer publicarte esa bazofia en otra parte? En España no hay otra editorial para novelas de kiosco. Esta es la número uno. Muy bien, escribe novela social, que es lo tuyo, muerto de hambre…Eres hombre muerto.

La última frase era a todas luces un plagio de las novelas de Cortés, que tan malas le parecían. De pronto Espeja recordó que Cortés se llevaba treinta mil pesetas prestadas, y los alaridos subieron al cielo.

– Y devuélveme ahora mismo ese dinero…Te voy a meter un paquete, ladrón, más que hijo de la gran puta.

– ¿Qué ha pasado? -le preguntó Modesto Ortega ya en la calle. Se agarraba al ejemplar de No lo hagas, muñeca como a un salvavidas.

– No voy a volver a escribir.

Modesto Ortega pegó un brinco y cambió de sitio. Antes caminaba a la derecha de su amigo y al oír esa noticia se halló en el lado izquierdo, sin saber bien cómo.

– Paco, ¿qué estás diciendo? Si hay que pleitear, se pleitea. Seguro que este caso lo tenemos ganado. Ese hombre es un negrero.

Paco Cortés caminaba en silencio y no oía muy bien las palabras de ánimo que le prodigaba su amigo. Le silbaban los oídos con un pitido agudo que aumentaba y decrecía, dejándole en él mínimos acúfenos alónales.

Se diría que el novelista ni siquiera era consciente del paso que había dado.

– Ya no aguantaba más. Es un viejo indecente -concluyó, tratando de infundir serenidad a sus palabras-. Se acabó.

Modesto Ortega caminaba junto a Cortés como un boxeador sonado da vueltas por el ring. ¿Qué se iban a hacer de las andanzas del bueno de Wells, siempre tan solícito, tan desprendido, tan de vuelta de todo, tan romántico? ¿Y la inteligencia de Tom Guardi, el italiano que conocía como nadie los entresijos de la mafia, implacable, amante de las tradiciones de sus ancestros, capaz de descubrir las más endiabladas tramas criminales ante un plato de pasta y un vaso de vino de Marsala?



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