
Modesto Ortega permanecía mudo. Se quedó sin argumentos, y el único que se le ocurría no le pareció decoroso emplearlo. Un abogado también se movía por la lógica, pero sobre todo por la ética. Dora no iba a volver con él. Si Paco dejaba la intriga para recuperar a su mujer, no iba a conseguir nada. Vivía con un hombre desde hacía lo menos un año. Y Paco lo sabía. Estaba contenta, después de la separación se la veía feliz por primera vez. Con tal de que le pasara la pensión para su hija, a ella le iba a dar igual que su ex marido dejara de escribir novelas policíacas o que le llevaran en andas a Beverly Hills como guionista, a lo Chandler, a lo Faulkner.
– A mí me gustan tus novelas y le gustan a mucha gente, Paco. No es verdad que no salgan mujeres. Hay historias de amor. La que salía en Cuenta tres, entre Violeta y Flaherty era de las que hacen época. Tienes que seguir escribiéndolas. Si no gustaran, no te las habrían publicado. Claro que tu editor era una sanguijuela y en el fondo a lo mejor has hecho bien. Sólo hay que buscar otro editor.
– No, esto se acabó -admitió Paco Cortés como el que acaba de quemar sus naves ante sus leales y ante la historia-. ¿No te das cuenta de que todo eso acabó? Como el blanco y negro en el cine. Novelas negras…Ahora son todas en technicolor. Lo que te he dicho: escalibada y gambas de Palamós.
– Eran novelas preciosas…A mí me gustaban -entonó Modesto Ortega, como si fuese una balada villoniana.
Ambos amigos guardaron silencio durante unos minutos. El propio Modesto advirtió, con pena, que acababa de hablar en pasado.
