Cruzaban el barrio de San Ildefonso. Habían pasado de largo junto a las gitanas de Gran Vía, y a Paco se le había olvidado comprar uno de aquellos pañuelos de imitación. A esa hora no había demasiada gente en la calle. También había dejado atrás una farmacia. Ya no le dolía la garganta. Creyó encontrarse mejor. Hacía un día gris, con el cielo sucio, del color de las aceras, y las casas parecían medio torcidas, a punto de venirse al suelo al menor temblor de tierra. Y eso es lo que estaba temiendo Modesto Ortega que sucediera en cualquier momento. La noticia haría tambalear a toda la ciudad. Iba a ser un montón de ruinas en el momento menos pensado. Sintió su corazón sepultado en una escombrera. No caminaban por la Gran Vía ni por Valverde sino por un paisaje lleno de cascotes chamuscados y cráteres humeantes. ¿Qué iba a ser de su vida sin las novelas de su amigo? ¿Qué les reservaba el futuro? Temió por el de Cortés. Sabía tan bien como él que no tenía más ingresos que los que le venían de la editorial Dulcinea y que no había hecho otra cosa en los últimos veintidós años que escribir novelas policíacas, de detectives y de intriga en general.

– ¿Cómo le vas a pagar la pensión a Dora? Sabes que me tienes para lo que necesites hasta donde yo pueda…

– Gracias, Modesto. Le he sacado al viejo otras treinta mil pesetas, aparte de las setentaidós mil de la novela. No pienso devolvérselas. Voy abrir una agencia de detectives. Lo tengo muy bien pensado.

Mentira. Acababa de ocurrírsele en ese preciso instante.

Del susto, Modesto Ortega volvió a experimentar una sacudida en toda regla que le transportó del lado izquierdo de Cortés, por donde iba, al derecho, e igualmente sin que se diera cuenta de cómo había sucedido.

– Mira lo que dices, Paco. Yo sé lo que cuesta ganarse la vida con el público. Eso es una lucha para empezarla de joven. A tu edad hay que olvidarse de películas. Y acuérdate de Sherlock Holmes…



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