respondiesen, sosteniéndolas por el talle con una mano, doblándolas hacia atrás y atornillándoles la boca con la lengua, y sin soltar el cigarro de la otra, y cómo se las llevaba a la cama sin que se enterase nadie, a veces ni siquiera los lectores, y sin tener que hablar luego de todo ello, cada cual por su camino, una noche de frenética y cínica pasión, y a la mañana siguiente adiós, el largo adiós, sin rencor, como buenos amigos, cada cual por su camino, como los perros callejeros. Eso le parecía poético.

Spade se le quedó mirando y sonrió. Al contrario que a Mason, a él Marlowe le hacía gracia, la gracia del pueblo de Madrid.

Spade contaba entonces treinta y ocho años. Perry Mason, según la ficha, había nacido quince antes. Marlowe tenía veintidós, Poe veinte, y Milagros, treinta y siete.

Todas las fichas tienen su fotografía. Spade en la suya no parece de treinta y ocho años, sino mucho más joven, y Perry Mason, mucho mayor, con unos ojos de vulpeja que contrastan con su aspecto inofensivo, de gastrónomo francés.

En la mirada de Marlowe se apreciaba cierta desfachatez, simpática desde luego, pero también un fondo de desdicha. ¿Qué lector, incluso de novelas del oeste o de detectives, no es desdichado? Y tampoco era tan insolente como Mason creía. Era lo que se dice un tipo bromista.

Poe llevaba entonces un corte de pelo que podría calificarse de ominoso, con unas patillas largas que ya parecían pasadas de moda. Estaba muy delgado. Quizá tuviese razón su madre, sosteniendo que en Madrid no se comía bien.

Ese día la tertulia era atípica. Ya no sabían de qué hablar pero tampoco querían marcharse a casa. En los plenos de los ACP el tiempo se les hacía corto para comentar los últimos adelantos de la criminología o los casos más interesantes, dejando fuera de lugar cualquier conato de privacidad. Sin embargo ese día no tenían nada que preguntarse, y quizá por eso Marlowe, que decía proteger, en tanto que forastero, a Poe, le preguntó por Hanna.



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