
Spade era clarividente y columbró que aquel día era la tumba de la democracia y de Sam Spade, de Miss Marple, de Nero Wolfe, de Néstor, de Perry Mason, de Poe…
Tampoco dejó traslucir ninguno de sus temores.
– Allí viene Maigret -exclamó de pronto Marlowe.
Miraron todos a un tiempo a través de la cristalera. Se había confundido. Era alguien que se le parecía y que pasó de largo.
– Tenía que verle -recordó un Spade apesarado. Ninguno de los que le acompañaban podía ni siquiera sospechar las turbulencias que lo sacudían por dentro.
– La verdad es que los nombres que tenemos estaban bien puestos -dijo de pronto Spade.
– ¿Y eso a qué viene ahora, Sam? -preguntó Marlowe.
– Se me ha pasado por la cabeza.
– A mí el mío no me gusta -disintió Marlowe-. Hubiera preferido otro. Yo soy más guapo que Humphrey Bogart.
Marlowe hizo uno de sus gestos característicos, se llevó la mano derecha al pecho y la deslizó lentamente de arriba abajo, como si llevase corbata y quisiera alisarla, al tiempo que adelantaba la mandíbula y abría la boca en un «ahí queda eso».
Se llamaba Isidro Rodríguez Revuelto, y se había puesto Marlowe por ninguna razón detectivesca en particular. En el fondo, acaso, porque le gustaba la mano que Marlowe se daba con las mujeres, cómo las llamaba muñeca, preciosa, flaca, chatilla, pequeña, y las besaba sin que le
