– Por lo visto, a usted tampoco -replicó Pitt y se obligó a sonreír.

No le resultó nada fácil. Durante toda su vida adulta había sido policía. Había dedicado tiempo y energía, trabajado días interminables y soportado el agotamiento para buscar justicia o, al menos, una mínima resolución de la tragedia y el crimen. Manchar tanto la honradez como los ideales de los hombres con los que trabajaba privaba de sentido a los veinticinco años de su pasado y a su fe en las fuerzas que defendían el futuro. Si la policía carecía de integridad, en vez de justicia proporcionaba venganza y no existía manera de protegerse de ella, salvo la violencia de los poderosos. Esa era la verdadera anarquía. Y el joven presuntuoso que tenía delante perdería tanto como el que más. Sobreviviría para colocar bombas solo gracias a que el resto de la sociedad acataba las leyes.

Pitt dejó que el desprecio alterase su voz cuando respondió:

– Si la policía fuese esencialmente corrupta, usted no estaría aquí ni le someteríamos a un interrogatorio. Simplemente lo habríamos abatido. Después habría resultado fácil inventar una excusa. ¡Habría bastado cualquier sencilla explicación! -Se percató del tono áspero de su voz y de que estaba a punto de estallar-. Está aquí y se enfrentará a un juicio precisamente porque nos encargamos de hacer cumplir las leyes que usted viola. Es usted el hipócrita y el corrupto. ¡No solo nos miente a nosotros, sino a sí mismo! La ira de Welling se desmandó.

– ¡Seguro que serían capaces de dispararnos! -afirmó, se inclinó ligeramente, dobló el cuerpo y casi se atragantó con una carcajada perversa-. ¡Y probablemente lo harán, del mismo modo que abatieron a Magnus!

Pitt observó al detenido y, azorado y con creciente horror, se dio cuenta de que Welling estaba realmente asustado. Sus palabras no eran bravuconadas. Creía en lo que decía. Estaba convencido de que en comisaría lo asesinarían.



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