
Welling se quedó petrificado, abrió desmesuradamente los ojos y apenas movió el pecho al respirar.
– No pueden ahorcarme -dijo por fin y se le quebró la voz-. No ha muerto nadie. Un agente ha resultado herido, pero no podrá demostrar que fui yo quien le disparó porque no lo hice.
– Ah, ¿no ha sido usted? -preguntó Narraway con indiferencia, como si no lo supiera o la verdad no le interesara.
– ¡Cabrón! -espetó Welling con desdén. De pronto su fachada de serenidad se derrumbó y lo dominó la cólera. Su rostro se cubrió de sudor y abrió excesivamente los ojos-. ¡Es usted como toda la policía… corrupto hasta la médula! -Le tembló la voz-. ¡Verá, le aseguro que no he sido yo! Pero a usted le da lo mismo, ¿no es así? ¡Le basta con tener a alguien a quien echarle las culpas y cualquiera sirve!
Durante unos instantes, Pitt apenas fue consciente de que Narraway había provocado la reacción de Welling, aunque enseguida se dio cuenta de qué había dicho el detenido acerca de la policía. Lo que le dolió no fue la acusación, sino la pasión de su tono de voz. El detenido estaba convencido de lo que decía hasta el punto de gritarlo a pesar de que podía costarle cualquier esperanza de misericordia.
Pitt se obligó a adoptar un tono sereno y a ocultar sus emociones.
– Hay una gran diferencia entre incompetencia y corrupción -puntualizó-. Desde luego que existe algún que otro mal policía, del mismo modo que hay malos médicos o malos… -Calló.
La expresión de desdén de Welling era tan intensa que distorsionó grotescamente sus facciones y las convirtió en una máscara blanca coronada por el pelo oscuro.
Narraway no intervino. Observó a Pitt y a Welling, a la espera de ver quién era el primero en tomar la palabra.
Pitt aspiró y exhaló aire lentamente. El silencio se volvió cortante.
– ¡No me dirá que le importa! -exclamó Welling en tono acusador y sarcástico, como si Pitt no tuviese el honor o la inteligencia suficientes para ser capaz de preocuparse.
