– ¡No tiene el menor sentido! -declaró Narraway apretando los dientes.

El cabriolé que iba delante giró a la izquierda por Peters Street. Apenas había recuperado el equilibrio cuando se esfumó hacia la derecha por Willow Place y después por Long Spoon Lane. El cabriolé de Pitt y Narraway se pasó de largo y tuvo que girar y volver atrás. Para entonces otros dos cabriolés se detuvieron y varios policías descendieron de ellos; el que estaban persiguiendo desapareció.

Long Spoon Lane era una calle estrecha y adoquinada. Las grises casas de vecindad tenían tres plantas y estaban mugrientas y manchadas por el humo y la humedad de varias generaciones. El aire olía a podredumbre y a aguas residuales.

Pitt miró a un lado y a otro, al este y al oeste. Vio varios portales clausurados con tablas. Con los brazos en jarras, una mujer corpulenta bloqueaba la entrada de una casa y observaba con cara de pocos amigos la alteración de su rutina. Al oeste se cerró una puerta y cuando dos agentes la golpearon con los hombros no cedió. Volvieron a intentarlo varias veces, pero no hubo suerte.

– Deben de haber puesto una barricada -comentó Narraway con gran seriedad-. ¡Atrás! -ordenó a los policías.

Pitt sintió un escalofrío. Seguramente Narraway temía que los anarquistas estuviesen armados. Era absurdo. Dos horas antes estaba en la cama, medio dormido, junto a Charlotte; su cabellera, que atravesaba la almohada, parecía un río oscuro. El sol de primera hora había formado una línea brillante que se colaba entre las cortinas; fuera, en los árboles, piaban los afanosos gorriones. Y en aquel momento temblaba mientras observaba la horrible pared de una casa de vecindad en la que se ocultaban los desesperados jóvenes que habían echado abajo una hilera de viviendas.



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