
En la calle había doce agentes; Narraway había asumido el mando, hasta entonces ostentado por un sargento. Envió a algunos efectivos a otros callejones. Con frío pesar, Pitt comprobó que estos portaban armas. Llegó a la conclusión de que no había otra opción. La colocación de bombas era un delito de gran violencia y poco corriente. No habría tregua para quienes lo habían cometido.
La calle se encontraba extrañamente tranquila. Con los faldones aleteantes, el rostro tenso y la boca convertida en una delgada línea, Narraway volvió tras dar instrucciones a sus efectivos.
– Pitt, no se quede quieto como una condenada farola. Al fin y al cabo, es hijo de un guarda de caza… ¡no me dirá que no sabe disparar! -Con los nudillos blancos, levantó un fusil y se lo entregó.
Pitt estaba a punto de replicar que los guardas de caza no disparan a la gente, pero se dio cuenta de que no solo era una impertinencia, sino una falsedad. Más de un cazador furtivo había acabado con el trasero lleno de postas zorreras. Cogió el arma a regañadientes y, por último, las municiones.
Retrocedió hasta el lado más alejado de la calle. Sonrió con cierta ironía cuando vio que se había colocado tras la única farola que había. Narraway se mantuvo al amparo de los edificios de la acera de enfrente, caminó rápidamente a lo largo de la estrecha acera y ordenó a los policías que se pusieran a cubierto como él. Con excepción de sus pisadas no se oía sonido alguno. Habían retirado caballos y coches para que no corriesen peligro. Todos los que vivían en esa calle se habían refugiado en el interior de sus casas.
Los minutos se hicieron eternos. No hubo el menor movimiento. Pitt se preguntó si tenían la certeza de que los anarquistas se encontraban allí y, automáticamente, echó un vistazo a los tejados. Eran escarpados, demasiado abruptos como para que hubiera un asidero, y no se veían buhardillas ni tragaluces a través de los que salir.
Narraway se acercaba. Al reparar en la mirada de Pitt, una llamarada de humor iluminó fugazmente su rostro.
