La criatura no intentó escapar; seguía revoloteando hacia ellos.

El arpeo de Harp le desolló el costado, dio un tirón, intentando enganchar a la bestia, y falló de nuevo. Enrolló la cuerda para otro intento.

Gavving estaba a horcajadas entre el ramaje y el algodón, hundiendo los dedos de los pies profundamente, asiendo con las manos el mortífero asidero de la cuerda. Con los ojos fijos en el pájaro espada, continuó comportándose como si esperase contactar con la bestia asesina.

—Harp, ¿dónde debo herirla? —gritó.

—En las órbitas de los ojos, supongo.

La bestia estaba confundida. Tenía los costados arañados por el tronco que se extendía sobre sus cabezas, estaba terriblemente cercana. El tronco se estremeció. Gavving aulló de terror. Laython aulló de rabia, lanzando el arpeo por encima de la cabeza.

Rozó el costado del pájaro espada. Laython tiró de la cuerda con fuerza y clavó la púa de dura madera en la carne, profundamente.

La cola del pájaro espada se paralizó. Quizá estaba considerando otras opciones, mirándoles con los dos ojos sanos mientras el viento lo empujaba hacia el oeste.

La cuerda de Laython se tensó. Y la de Gavving. Las ramas espinosas desgarraron los inadaptados dedos de los pies de Gavving. Y la inmensa bestia le arrastró hacia el cielo.

Sintió la garganta atenazada, pero pudo escuchar el chillido de Laython. Laython también había sido arrastrado.

Los dedos de Gavving todavía llevaban clavados los arbustos espinosos. Miró hacia abajo, hacia la almohadillada protección de la mata, preguntándose hasta dónde sería llevado y tirado. Pero su cuerda aún estaba anclada… y el viento era más fuerte que la marea; podría llevarle más allá de la mata, más allá de la rama, cada vez más lejos. Pero en vez de eso se arrastró a lo largo de la cuerda, alejándose del predador.



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