
Laython no se había rendido. Había preparado de nuevo su arpeo y esperaba.
El pájaro espada decidió. Su cuerpo chasqueó en una curva. La cola dentada latigueó forzadamente hacia la cuerda de Gavving. El pájaro espada aleteó violentamente, dirigiéndose hacia el oeste. La cuerda de Laython se tensó; los arbustos se desgarraron y la cuerda quedó libre. Gavving intentó cogerla pero la perdió.
Podría haberse retirado hasta ponerse a salvo, pero siguió vigilando.
Laython se equilibraba con el arpeo dispuesto, moviendo la otra mano en círculo preparando su cuerpo para dar la vuelta, mientras el predador aleteaba hacia él. El hombre era casi la única criatura del Anillo de Humo que no tenía alas.
El cuerpo del pájaro espada se arqueó en forma de U. Golpeó con la cola a Laython casi antes de que éste pudiera mover el arpeo. La boca de la bestia se abrió y se cerró cuatro veces, y Laython desapareció. La boca siguió actuando, intentando librarse del arpón que Gavving le había clavado en la garganta, mientras el viento se la llevaba hacia el este.
La choza del Científico era como cualquier otra choza de la Tribu de Quinn: vivientes arbustos espinosos trabajados como el mimbre de una cesta. Era más grande que algunas, pero no daba sensación de lujo. La techumbre y las paredes estaban constituidas por un amasijo de chismes pegados a la urdimbre; y plumas de pavo y rojos penachos teñidos con tinta, útiles de enseñanza, útiles científicos, y reliquias de antes del tiempo en que los hombres abandonaran las estrellas.
El Científico entró en la choza como si fuera un ciego. Tenía los brazos llenos de sangre de las manos a los codos. Se los había arañado con la brazada de maleza, y hablaba entre dientes:
—Malditos, malditos berbiquís. En cuanto se ponen a excavar, no hay manera de pararlos. —Levantó la vista—. ¿Grad?
—Hola. ¿Con quién hablabas? ¿Estás hablando solo?
