
—¡Sigue siendo carne! ¡Y, por lo lejos que está, también debe estar hambriento!
Harp bufó.
—¿Quién lo dice? ¿El Grad? El Grad está lleno de teorías, pero nunca ha salido a cazar.
La lenta rotación del pájaro espada dejó a la vista lo que había sido el tercer ojo. Pero lo que mostraba era un largo, irregular, velloso y verde remiendo. Laython gritó:
—¡Lanilla! ¡Tiene una herida en la cabeza infectada de lanilla! ¡Esa cosa está herida, Harp!
—No es un pavo herido, chico. Es un pájaro espada herido.
Laython tenía vez y media el tamaño de Harp, y además era el hijo del Presidente. No era fácil disciplinarle. Apretó los largos y fuertes dedos sobre el hombro de Harp.
—¡Lo perderemos si nos quedamos aquí discutiendo! ¡Yo digo que vayamos a Gold! —Y se puso de pie.
El viento le golpeó. Sujetó en los arbustos un puño y los dedos de los pies, estabilizándose, y empezó a hacer señas con el brazo libre.
—¡Hola! ¡Pájaro espada! ¡Carne, copsik, carne!
Harp emitió un sonido de disgusto.
Era casi seguro que el animal le vería si no dejaba de agitar la brillante blusa escarlata. Gavving pensó: Lo perderemos y el peligro habrá pasado. Pero no quería aparentar cobardía en el transcurso de su primera partida de caza.
Tomó de la espalda la cuerda corrediza. Socavó el follaje para poder clavar una escarpia en la sólida madera y amarró en ella la cuerda. El centro estaba anudado a su cintura. Nadie se arriesgaba a perder la cuerda. Si la conservaba, un cazador que cayera hacia el cielo todavía podría encontrar apoyo en alguna parte.
La criatura no les había visto. Laython juró. Se apresuró a anclar su propia cuerda. El fin de la operación era arpearla: dura madera del afilado final de la rama. Laython hizo girar el arpeo alrededor de la cabeza, gritando y abriéndolo.
