
—Harp se parece a las imágenes de los Fundadores, en la bitácora. Hace mucho tiempo, todos nos parecíamos a ellos.
Harp le sonrió a Gavving, pensando que estaba fatigado.
—Tú también tendrás sandalias de clavos cuando crezcas.
Laython también sonrió, desdeñosamente, y se apresuró a ponerse en cabeza. Gavving no dijo nada. Las sandalias claveteadas sólo habrían servido para estorbarle los largos y prensiles dedos de los pies.
La noche había cortado la luz por la mitad. Con la luz del sol circunvalando la otra cara de Voy, ver resultaba más fácil. El tronco era una gigantesca muralla marrón de tres klomters de circunferencia. Gavving volvió a levantar la vista una vez más y se sintió descorazonado por lo poco que habían avanzado. Se protegió la cabeza, agachándola contra el viento, abriéndose camino desgarrando el verde algodón, hasta que escuchó un aullido de Laython.
—¡La cena!
Una temblorosa partícula negra, señalando un punto a babor en el viento.
—No puedo decir lo que es —dijo Laython.
—Está intentando desaparecer —dijo Harp—. Parece grande.
—¡Trata de dar la vuelta hacia el otro lado! ¡Vamos!
Se arrastraron rápidamente. La mota temblorosa estaba muy cerca. Era grande y delgada y movía el primer tallo. La gran aleta traslúcida se ensanchaba por la velocidad, como si intentase llegar al claro del tronco. El tenue torso giraba lentamente.
La cabeza quedó a la vista. Dos ojos brillantes tras el pico, separados por ciento veinte grados.
—Pájaro espada —decidió Harp. Y dejó de moverse.
Laython preguntó:
—Harp, ¿qué vamos a hacer?
—Nadie en su sano juicio iría detrás de un pájaro espada.
