A su izquierda apareció un callejón, vio las luces de la calle principal a través de los edificios que se apoyaban uno contra otro. Aceleró el paso. Mierda, los adoquines estaban mojados. Estaba demasiado oscuro y sus tacones resbalaban. Quiso gritar cuando la mano por fin aterrizó sobre su hombro, pero fue como en esos sueños en los que la necesidad de gritar para despertar al vecindario sólo produce un gemido ahogado. El hombre la empujó hacia la pared, cuyo encalado se desconchaba en copos quebradizos, y crujió cuando su mejilla se aplastó contra él. El corazón le retumbaba en el pecho.

– ¿Me ha estado observando, doña Consuelo? -dijo el hombre, y su cara apareció sobre el hombro de ella, y le llegó su agrio aliento a vino-. ¿Me ha estado echando el ojo? A lo mejor… desde que perdió a su marido su cama es un poco fría por la noche. Consuelo soltó un grito ahogado cuando él le metió la mano entre las piernas. Desde luego que era áspera. Cerró los muslos por un reflejo automático. Él subió la mano hasta la entrepierna. En la cabeza de Consuelo, una voz la reprendía por ser tan estúpida. El corazón se le desbocaba mientras su cerebro buscaba algo que decir.

– Si es dinero lo que quieres… -dijo, con una voz que susurró a los copos de encalado.

– Bien -dijo, apartando la mano-, ¿cuánto tienes? No soy barato ¿sabes? Sobre todo para las de tu laya.

El hombre le quitó el bolso, lo abrió y encontró la cartera.

– ¡Ciento veinte euros! -dijo disgustado.

– Cógelos -dijo ella, con la voz aún atascada en la tiroides.

– Gracias, muchísimas gracias -dijo él, dejando caer el bolso a sus pies-. Pero eso no es bastante para lo que quieres. Ven mañana con el resto.

Se apretó contra ella, que sintió su obscena dureza contra las nalgas. La cara del hombre volvió a aparecer por encima de su hombro y la besó en la comisura de la boca, su olor a vino y a tabaco y su lengua pequeña y amarga deslizándose entre los labios.



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