– ¿Quieres un trago? -dijo-. No tenemos vasos, pero si quieres te dejo que me chupes el dedo.

Una carcajada grave y gorgoteante brotó del grupo, en el que había algunas mujeres. Sobresaltada, Consuelo echó a andar otra vez. El hombre se bajó de la tarima elevada. Las puntas de acero de los tacones de sus botas martillearon contra los adoquines. Le bloqueó el paso y se puso a bailar una sevillana en extremo provocativa, con mucho movimiento de pelvis. El grupo le acompañó con palmas de flamenco.

– Vamos, doña Consuelo -dijo-. Veamos cómo se mueve. Parece que tiene buenas piernas.

Consuelo se quedó estupefacta al oírle pronunciar su nombre. El terror le atravesó las tripas, despertando algo extrañamente excitante. Letemblaron los músculos de la parte posterior de los muslos. Pensamientos dispares se aglomeraron en su mente. ¿Cómo diablos había acabado en aquella situación? Se preguntó si sus manos serían muy ásperas. Parecía fuerte. Potencialmente violento.

La absoluta perversidad de aquella idea la hizo regresar de repente a la realidad. Tenía que huir de él. Tomó una calle lateral, caminando sobre los adoquines todo lo deprisa que sus tacones altos le permitían, Él la seguía, se oía el lento repiqueteo de las puntas de acero de sus zapatos.

– Cojones, doña Consuelo, sólo le he pedido un baile -le gritó a la espalda, tras una burlona inflexión al mencionar su título-. Ahora me llevas por este callejón oscuro. Por amor de Dios, un poco de dignidad, señora. No des a entender tan pronto que te mueres de ganas. Acabamos de conocernos, ni siquiera hemos bailado.

Consuelo seguía andando, respirando deprisa. Todo lo que tenía que hacer era llegar al final de la calle, girar a la izquierda y ya estaría a las puertas del barrio antiguo y habría tráfico y gente… un taxi que la devolvería a su vida real en Santa Clara.



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