
El Adivinador percibía el sabor del mar y de la arena adherida a la piel, un sabor salado, una reafirmación de la vida. Lo notaba en todo momento, aun después de tantos años. El mar le proporcionaba su medio de vida, ya que atraía a los veraneantes, y el Adivinador estaba allí esperándolos cuando llegaban; pero su afinidad con el mar no se reducía al dinero que le daba. No, reconocía algo de su propia esencia en él, en el sabor de su sudor, que era un eco de su propio origen lejano y del origen de todas las cosas, y opinaba que un hombre incapaz de comprender la atracción del mar era un hombre que se había perdido a sí mismo.
Pasó los billetes diestramente con el pulgar, moviendo un poco los labios mientras llevaba la cuenta en la cabeza. Cuando acabó, sumó la cantidad al total y luego lo comparó con las ganancias del último año por las mismas fechas. Habían bajado, del mismo modo que el último año habían bajado respecto al anterior. Ahora la gente era más cínica, y tanto ellos como sus hijos estaban menos dispuestos a pararse ante un hombrecillo extraño y su barraca de aspecto primitivo. Se veía obligado a trabajar cada vez más para ganar incluso menos, aunque no tan poco como para plantearse abandonar la profesión que había elegido. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Recoger las mesas en un bufé libre? ¿Trabajar detrás de la barra en un McDonald's, como algunos de los jubilados más desesperados que conocía, reducidos a limpiar lo que ensuciaban niños lloricas y adolescentes descuidados? No, eso no era para el Adivinador.
