Él había seguido ese camino durante casi cuarenta años y, por cómo se sentía, calculaba que le quedaban todavía unos cuantos, siempre y cuando así lo decidiese el que repartía las cartas allá en el cielo. Conservaba la mente despierta, y los ojos, detrás de las gafas de montura negra, le permitían aún captar todo aquello que necesitaba saber sobre los incautos a fin de seguir ganándose modestamente la vida. Quizás algunos calificarían lo suyo de don, pero él no lo llamaba así. Era una aptitud, un oficio, perfeccionado y desarrollado año tras año, un vestigio de un sexto sentido que fue poderoso en nuestros antepasados pero que ahora se había atrofiado a causa de las comodidades del mundo moderno. Lo que él poseía era algo elemental, como las mareas y las corrientes oceánicas.

Dave Glovsky, alias «el Adivinador», llegó por primera vez a Old Orchard Beach en 1948, cuando tenía treinta y siete años, y desde entonces su fraseología y las herramientas de su oficia apenas habían cambiado. En su pequeña barraca del paseo destacaba una vieja silla de madera que pendía, sujeta mediante cadenas, de una antigua balanza R.H. Forschner. Un letrero amarillo, toscamente pintado a mano con una vacilante caricatura de Dave, anunciaba la actividad a la que se dedicaba y su emplazamiento, para aquellos que, al llegar allí, acaso no estuvieran del todo seguros de dónde se hallaban o qué tenían ante los ojos. El letrero rezaba: EL ADIVINADOR, PALACE PLAYLAND, OLD ORCHARD BEACH, YO.

El Adivinador formaba parte de la decoración de Old Orchard. Estaba tan integrado en aquel centro de veraneo como la arena en los refrescos y los caramelos blandos que provocaban la caída de los empastes de las muelas. Aquél era su sitio, y él lo tenía interiorizado. Llevaba tanto tiempo acudiendo allí, para ejercer su oficio, que percibía todo cambio en su entorno, por intrascendente que pareciese: una mano de pintura aquí, un bigote afeitado allá.



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