
– ¿Qué cojones ha pasado? -bramó uno de los hombres mientras se movía erráticamente de un lado para otro-. ¡¿Qué cojones de mierda ha pasado?!
Y entonces, como activados por un resorte, los demás comenzaron a reaccionar y a interaccionar atropelladamente.
– Joder… joder… joder… -repetía otro hombre.
– …sí, mi compañero herido… No, no, se ha acabado… en la playa de La Cala, a la entrada, una ambulancia… -barbullaba el policía por su radio.
– …joder… joder…
– Está muerto.
– …por Dios que alguien llame…
– ¡Joder, está muerto!
– ¡…coño!
En medio de la algarabía, Julio supo que el policía en el suelo había muerto. Su sangre había oscurecido una enorme cantidad de arena debajo de su cuerpo inmóvil.
– Dios… -dijo de pronto Alberto, uno de sus compañeros-. Qué pasada…
– La… hos… tia… -musitó otro, asegurándose de marcar muy bien cada sílaba.
– El hijo de puta… -dijo Alberto-. ¡Qué fuerte!
– …la boca, los dientes… -susurraba Flavio mientras frotaba su incipiente perilla con desconcertante tenacidad.
Julio, sin embargo, aún no se había atrevido a unirse a sus colegas, cuyos aspavientos eran cada vez más pronunciados, haciendo algún comentario. Algo le preocupaba sobremanera. Algo, en toda la escena, estaba completamente mal.Algo chillaba a pleno pulmón denunciando que algono estaba funcionando como debiera, y la sensación era tan fuerte que Julio sintió un pitido agudo en los oídos.
– Pero estaba ahogado… -dijo de pronto Flavio.
– Qué coño va a estar ahogado, tío, pero tú has visto al hijo de puta… ése era un traficante y en cuanto lo han pillaose ha puesto como loco… -dijo Alberto.
– Sí, sí… listo, que ere mulisto. Ése estaba más muerto que mi abuela, te lo juro…
