– Sí, anda, gilipolla,no veas qué muerto estaba; tú lo flipas… ¿no has visto lo que ha hecho con el policía o qué? -protestó Alberto, en tono visiblemente enfadado.

– Pues estaba muerto, más blanco que una paré…-Flavio miraba al suelo, intentando encontrar algo de coherencia a sus propias palabras.

Por fin, Julio habló con voz clara:

– Estaba muerto antes,pero luego ya no lo estaba.

Hubo unos momentos de silencio. En sus cabezas, manejaban las palabras de Julio como se paladea un pimiento rojo chileno: con miedo a morder, a asimilar la noticia en todas sus significaciones por lo que su mensaje implícito supondría. Las miradas se concentraban ahora, ensimismadas, en la escena que ocurría abajo en la playa. Allí, la mayoría de los hombres hablaban atropelladamente entre sí. Algunos se inclinaban con fascinación sobre el cadáver del falso ahogado, y una mujer de larga cabellera pelirroja señalaba con rápidos ademanes la herida en la cabeza. El policía seguía hablando por radio con gesto afectado.

– Esto es la polla -dijo Flavio.

En ese momento llegó otro coche patrulla. Los dos policías se apearon del vehículo y bajaron con agilidad las rocas que les separaban de la playa. Había muchos aspavientos y manos que señalaban, intentando explicar lo que había pasado, y mientras tanto, a medida que la noticia se propagaba, llegaban más y más curiosos de La Cala y La Araña, dos pequeños pueblos cercanos. Después de unos instantes, el coche patrulla recién llegado se marchó con la sirena puesta.

– Mira a ése -dijo Alberto, señalando al policía-. No para de hablar por radio.

Julio se fijó. Lo cierto era que el hombre no se había separado de su aparato. Escuchaba durante un buen rato mientras iba de un lado a otro, dando rápidos giros.



6 из 296