
– ¡¿Y la ambulancia?! -le preguntaban algunas voces. Pero el policía les pedía calma con gestos de la mano.
La ambulancia, sin embargo, nunca llegó.
Treinta y dos minutos más tarde, la cantidad de gente arremolinada en torno a la escena era apabullante. Julio, Alberto y Flavio habían conseguido permanecer en primera línea, siguiendo con mórbida fascinación el desarrollo de los acontecimientos. A su alrededor, la gente compartía todo tipo de historias. Un tipo enjuto y de pelo gris, otrora conductor de tráilers y que vivía en las antiguas casitas de pescadores de La Cala -desde antes de que el boomturístico cambiara el pueblo para siempre- aseguraba que su cuñado, pescador de toda la vida, había visto una vez varias formas humanoides buceando a toda velocidad por debajo de su barca, una buena noche de junio, un día después de Luna llena. Para él, estaba claro que en las fosas abisales de La Cala había una población de seres blancos, sin sangre y sin pulso, y capaces de una violencia sin parangón. Dos señoras rollizas que parloteaban a su lado simplemente se escandalizaban de que, en medio de semejante situación, hubiera alguien capaz de dejarse llevar por tamaño disparate.
Pero el hecho inequívoco y fascinante de que un ahogado, ya blanco e hinchado por acción del agua salina, oficialmente dictaminado difunto y dejado debajo de una lona de plástico, se había incorporado y devorado parcialmente a un policía estaba en boca de todos.
Aproximadamente una hora después de que el agente de policía hubiera muerto, una oleada de gritos germinó en algún punto indeterminado de la playa y se extendió implacable, como un hediondo pedo furtivo, entre toda la gente presente. El motivo era la vieja lona de plástico que ahora cubría los dos cuerpos: el del policía sin rostro y el del falso ahogado. Se movía. Otra vez.
III
