Dentro de unas horas comenzará la primera asamblea del año, cuyo tema será la globalización. En este momento estoy en el aula, con el profesor suplente; detrás de mí, algunas de mis compañeras hablan del invitado que vendrá a la asamblea de hoy. Dicen que es guapo, que tiene un rostro angelical y una inteligencia perspicaz; se ríen groseramente cuando una de ellas dice que la inteligencia perspicaz le tiene sin cuidado, que le interesa más el rostro angelical. Las que hablan son las mismas que hace algunos meses fueron enmerdándome por ahí, diciendo que me había ido a la cama con uno que no era mi novio. Había confiado en una de ellas, le había contado todo sobre Daniele y ella me había abrazado, pronunciando un «lo siento» burdamente hipócrita.

– ¿Por qué, no te dejarías follar por alguien así? -preguntó la que traicionó mi confianza a otra.

– No, lo violaría contra su voluntad -respondió, riendo.

– ¿Y tú, Melissa? -me preguntó. -¿Tú, qué harías?

Me volví y le dije que no lo conozco y que no tengo ganas de hacer nada. Ahora las oigo reír, y sus carcajadas se confunden con el sonido metálico y retumbante de la campana que indica el final de la hora.


16,35


En la tarima montada para la asamblea, no presté atención a los precintos desbordados ni a los McDonald's incendiados, aunque había sido elegida para redactar el acta del encuentro. Estaba en el centro del largo escritorio, con los invitados de las facciones enfrentadas a cada lado. El chico del rostro angelical se había sentado junto a mí, con un boli en la boca, que roía sin decoro. Y mientras el derechista convencido se enfrentaba al izquierdista encarnizado, mis ojos estaban absortos en el boli azul encajado entre sus dientes.

– Apunta mi nombre entre los oradores -dijo, con el rostro vuelto sobre su hoja de apuntes.



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