
– ¿Qué haces, me la devuelves en vez de tirarla como hacen los demás? -me preguntó, sonriente.
– No, quiero que se la des a Roberto -dije.
Asombrado, exclamó:
– Pero Roberto tiene centenares de estas hojas.
Me mordí los labios y dije:
– A Roberto le interesará lo que está escrito detrás…
– Ah… entiendo… -dijo aún más asombrado-, tranquila, lo veré más tarde y se la daré.
– ¡Muchas gracias! -le habría dado un sonoro beso en la mejilla.
Cuando me marchaba oí que me llamaban, me volví y era él, que venía corriendo.
– Me llamo Pino, es un placer. Tú eres Melissa, ¿verdad? -dijo, jadeando.
– Sí, Melissa… veo que no has tardado en leer el envés de la hoja.
– Eh… qué quieres… -dijo sonriendo-, la curiosidad es propia de la inteligencia. ¿Tú eres curiosa?
Cerré los ojos y dije:
– Muchísimo.
– ¿Ves? Entonces eres inteligente.
Con mi ego satisfecho y desbordante de alegría, lo saludé y fui hacia la plazoleta de encuentro frente al colegio, medio vacía por culpa del día desapacible. Tardé un poco en coger la moto, el tráfico en la hora punta es horrible incluso para quien conduce un scooter. Unos minutos después, suena el móvil.
– Hola.
– Ehm… hola, soy Roberto.
– Hey, hola.
– ¿Me has sorprendido, sabes?
– Soy atrevida. Habrías podido no llamarme, he corrido el riesgo de recibir un portazo en la cara.
– Has hecho muy bien. En cualquier ocasión habría ido a pedírtelo yo. Sólo que, sabes… mi chica va a tu mismo colegio.
– Ah, tienes novia…
– Sí, pero… no importa.
– …tampoco a mí me importa.
– Pero dime, ¿por qué me has buscado?
– ¿Y tú, por qué me habrías buscado?
