
– ¿No puedes encender la luz? -pregunté, mientras me besaba el cuello.
– No, lo confieso.
Me dejó sobre la gran cama, se arrodilló delante de mi y me quitó los zapatos. No estaba excitada ni impasible. Me parecía que aceptaba todo aquello sólo porque a él le daba placer.
Me desnudó como si fuera un maniquí en un escaparate, como un dependiente rápido e indiferente que desviste al muñeco sin volver a vestirlo.
Cuando vio mis medias preguntó, asombrado:
– Pero ¿usas medias autoadherentes?
– Sí, siempre -respondí.
– ¡Menuda furcia! -exclamó.
Su comentario fuera de lugar me dio vergüenza, pero aún más me impresionó su cambio de chico educado a hombre rudo y vulgar. Tenía los ojos encendidos y famélicos, las manos hurgaban debajo de mi camiseta, debajo de la braguita.
– ¿Quieres que me deje puestas las medias? -pregunté, para secundar su deseo.
– Desde luego, déjatelas, así eres más puerca.
Otra vez se me encendieron las mejillas, pero luego sentí que mi hogar se calentaba poco a poco y la realidad se alejaba gradualmente. La Pasión tomaba la delantera.
Bajé de la cama y sentí el suelo increíblemente frío y liso bajo los pies. Esperaba que él me cogiera e hiciera conmigo lo que le viniera en gana.
– Chúpamela, zorra -susurró.
La vergüenza no me lo impidió; la eché fuera de mí en seguida e hice lo que me pedía. Cuando su miembro se volvió duro y grande, me cogió por las axilas y me llevó en volandas hacia la cama.
Como una muñeca inerme, me colocó encima de él y dirigió su larga asta hacia mi sexo, tan poco abierto y tan poco húmedo.
– Quiero hacerte sentir dolor. Venga, aúlla, hazme ceer que te estoy haciendo daño.
En efecto, me hizo daño, las paredes de la vagina me escocían y la dilatación se produjo con desgana.
