– Abre el salpicadero, debería haber algunos CD.

Cogí un par, elegí uno de Carlos Santana.

Hablamos del colegio, de la universidad y luego de nosotros.

– No quiero que me juzgues mal -dije.

– ¿Bromeas? Sería como juzgarme mal a mí mismo… en definitiva, estamos haciendo lo mismo, del mismo modo. Es más, quizá sea más deshonroso para mí, que estoy comprometido. Pero mira, ella…

– No lo hace -lo interrumpí con una sonrisa.

– Exacto -dijo él, con la misma sonrisa.

Entró por una callejuela en mal estado y se detuvo delante de un portón verde. Bajó del coche y lo abrió. Cuando subió de nuevo al coche advertí que el rostro del Che Guevara estampado en su camiseta estaba completamente empapado.

– ¡Joder! -exclamó-. Todavía es otoño y el tiempo ya da asco -luego se volvió y preguntó-: Pero tú ¿no estás un poco emocionada?

Cerré los labios, torcí el gesto y sacudí la cabeza; después de un rato, dije:

– No, para nada.

Para llegar hasta la puerta me cubrí la cabeza con el bolso y, corriendo bajo aquella lluvia nos reímos mucho, como dos imbéciles.

La casa estaba a oscuras. Luego, cuando entré, sentí un frío gélido. Me movía a duras penas en la oscuridad; él evidentemente estaba habituado, conocía todos los rincones y por eso caminaba con una cierta desenvoltura. Permanecí quieta en un sitio donde parecía que había más luz y vi un sofá sobre el que dejé mi bolso.

Roberto llegó por detrás, me rodeó y me besó con toda la lengua. Su beso me dio un poco de asco, no se parecía en nada al de Daniele. Me empapaba con su saliva, dejándola fluir un poco por los labios. Lo aparté cortésmente, sin darle a entender nada, y me sequé con la palma de la mano. Me cogió esa misma mano y me condujo al dormitorio, siempre en la misma oscuridad y en el mismo frío.



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