
No le gusta bailar, y a mí tampoco. Así que nos quedamos solos mientras los demás se desenfrenaban, bebían y bromeaban.
Se hizo un silencio al que quise poner remedio.
– Bonita casa, ¿verdad? -dije, simulando seguridad.
Se encogió de hombros y, como no quise ser indiscreta, me quedé callada.
Entonces llegó el momento de las preguntas íntimas. Cuando todos estaban entretenidos en bailar, se acercó aún más a mi sillón y comenzó a mirarme con una sonrisa. Yo estaba sorprendida y encantada, esperando algún gesto suyo. Estábamos solos, en la oscuridad, a una distancia muy favorable. Entonces, la pregunta:
– ¿Eres virgen?
Se me subieron los colores, sentí un nudo en la garganta y un ejército de alfileres pinchándome la cabeza.
Respondí con un «sí» tímido y enseguida desvié la mirada hacia otro lado para rechazar esa inmensa vergüenza. Se mordió los labios para reprimir una carcajada y se limitó a toser un poco, sin pronunciar ni una sílaba. En mi fuero interno, los reproches eran enérgicos y violentos: «¡Ahora ya no te tendrá en cuenta! ¡Idiota!». Pero en el fondo, qué más podía decir, ésa es la verdad, soy virgen. Nunca me ha tocado nadie, aparte de mí misma, y eso me enorgullece. Pero tengo curiosidad, mucha curiosidad. Sobre todo, de conocer el cuerpo masculino desnudo, porque nunca me han permitido verlo: cuando en la televisión transmiten escenas de desnudo, mi padre se apresura a coger el mando a distancia y cambia de canal. Y, cuando este verano me quedé toda la noche con un chico florentino que estaba de vacaciones aquí, no me atreví a poner la mano en el mismo sitio en que él ya había puesto la suya.
