
– Ni idea. Que se ocupe el Templo de eso. Ojalá no lo hubiera hecho en mis tierras. Toda esa mala suerte suelta por ahí… a partir de ahora este lugar estará hechizado. Voy a prenderle fuego y a reducir a cenizas ese maldito molino ruinoso al mismo tiempo, sí. Ahí arriba no sirve de nada, está demasiado cerca de la carretera. Sólo acarrea -miró a Cazaril-, problemas.
Cazaril se mantuvo a la par de su interlocutor un momento. Al cabo, preguntó:
– ¿Pensáis quemarlo con la ropa puesta?
El campesino lo estudió de soslayo, calculando lo mezquino de su atuendo.
– No pienso tocar nada suyo. Ni siquiera me habría llevado el caballo, pero no hubiera sido caritativo dejar suelta a la pobre bestia para que se muriera de hambre.
Cazaril, más vacilante, inquirió:
– En ese caso, ¿os importa si me quedo con la ropa?
– A mí no me tenéis que preguntar, ¿sí? Ocupaos de él. Si os atrevéis. No os lo pienso impedir.
– Os… os ayudaré a sacarlo.
El campesino parpadeó.
– Bien, os lo agradezco.
Cazaril juzgó que el labriego, en secreto, se sentía más que satisfecho de permitir que fuera él el que se ocupara del cadáver. Forzosamente, tuvo que dejar que el campesino acarreara los troncos más grandes para la pira, levantada en el interior del molino, aunque ofreció algunas tímidas sugerencias sobre cómo colocarlos para aprovechar mejor las corrientes y garantizar que el fuego arrasara lo que quedaba del edificio. Ayudó a meter las ramas de maleza.
El campesino observó desde una distancia segura cómo desvestía Cazaril al cadáver, desprendiendo las capas de ropa de las extremidades envaradas. El hombre se había hinchado más de lo que parecía a primera vista; su abdomen sobresalía obscenamente cuando Cazaril consiguió arrancarle al fin la camisa interior de algodón con bordados. Resultaba espeluznante. Pero no podía ser contagioso, a fin de cuentas, no con esa desacostumbrada ausencia de hedor. Cazaril se preguntó, si el cuerpo no era incinerado al caer la noche, si era probable que explotara o se agrietara, y en tal caso, qué saldría de él… o entraría en él. Hizo un hatillo con las ropas, sólo algo sucias, tan deprisa como le fue posible. Los zapatos eran demasiado pequeños, y se los dejó puestos. Juntos, el labriego y él transportaron el cadáver hasta la pira.
