
El hombre, tras echarle un vistazo especulativo, le saludó a desgana y musitó:
– Vaya con vos la Dama.
– ¿Vivís por aquí?
– Sí -confirmó el hombre. Era de mediana edad, estaba bien alimentado, su abrigo con capucha era sencillo pero práctico, al igual que el de Cazaril, más raído. Caminaba como si fuera el dueño de la tierra que pisaba, aunque probablemente poseyera poco más.
– Me, ah. -Cazaril señaló sendero arriba-. Me he apartado un momento de la carretera para cobijarme en ese molino de ahí arriba -no había falta que entrara en detalles del motivo que lo había impulsado a buscar cobijo-, y he encontrado un cadáver.
– Sí -dijo el hombre. Cazaril vaciló, y deseó no haber soltado el adoquín.
– ¿Lo conocéis?
– He visto su caballo allí atado, esta mañana.
– Ah. -Tendría que haber seguido su camino, al fin y al cabo, sin preocuparse de más-. ¿Tenéis idea de quién podía ser el desdichado?
El campesino se encogió de hombros y escupió.
– No es de por aquí, es lo único que sé. Pedí al divino del Templo que acudiera, en cuanto me di cuenta de lo que había acaecido aquí anoche. Requisó todos los bienes que pudo del difunto, para guardarlos hasta que alguien los reclame. Su caballo está en mi cobertizo. Es un trato justo, sí, a cambio de la madera y el aceite necesarios para el funeral. El divino dijo que había que esperar hasta que fuera de noche.
Indicó con un gesto el montón de leña amarrada a la espalda del burro, propinó un tirón a la cuerda que hacía las veces de riendas y reanudó su camino. Cazaril echó a andar detrás de él.
– ¿Tenéis idea de lo que estaba haciendo el hombre?
– Lo que estaba haciendo está bien claro. -El labriego soltó un bufido-. Y se ha llevado su merecido.
– Ya… ¿o a quién se lo estaba haciendo?
