
A su partida de Ibra, tenía la cabeza llena de planes sobre cómo pedir refugio a la viuda provincara, por los viejos tiempos, en su hogar. Al pie de su mesa. Algo, lo que fuera con tal de que no estuviera demasiado duro. Su ambición había ido menguando conforme avanzaba hacia el este a través de los pasos de montaña para alcanzar las altitudes más frías de la meseta central. Quizá el castellano de la viuda o su caballista podrían hacerle un hueco en los establos, o en la cocina, donde no causaría ninguna molestia a la gran dama. Si pudiera suplicar por un puesto de fregona, ni siquiera tendría que dar su verdadero nombre. Dudaba que quedara todavía alguien del servicio que lo recordase de los días felices en que había servido como paje del difunto provincar de Baocia.
El sueño de un lugar silencioso e incómodo junto al fuego de la cocina, anónimo, sin recibir los improperios de ninguna criatura más alarmante que un cocinero, sin ninguna tarea más peligrosa que la de extraer agua o acarrear leña, lo había impulsado a seguir adelante frente a las últimas rachas de viento invernal.
