
Laciudad de Valenda se vertía sobre su altozano igual que una falda de cuadros rojos y dorados, rojos por los tejados, dorados por la piedra del lugar, refulgentes ambos al sol. Cazaril parpadeó a la vista del destello de color frente a sus ojos empañados, los tonos familiares de su tierra natal. Todas las casas de Ibra estaban encaladas, brillaban con demasiada fuerza en sus cálidos mediodías septentrionales, descoloridas y cegadoras. Esta arenisca ocre poseía el tono perfecto para una casa, una ciudad, un país… era una caricia para los ojos. En lo alto de la colina, en verdad como una corona de oro, descansaba el castillo de la provincara, con las cortinas de sus murallas ondulando aparentemente ante sus ojos. Lo miró fijamente, intimidado, antes de reanudar su renqueo, caminando de alguna forma más deprisa de lo que había conseguido en todo este largo viaje, a pesar de los temblores y el dolor que aplicaba el cansancio a sus piernas.
Se había pasado la hora de los mercados, por eso las calles se mostraban silenciosas y serenas mientras las recorría en dirección a la plaza mayor. Frente a las puertas del templo, se acercó a una anciana que no tenía aspecto de intentar seguirlo y robarle, y le preguntó por el camino al prestamista. Éste le llenó la mano con un satisfactorio montón de vaidas de cobre a cambio de su diminuto real y le indicó cómo encontrar a la lavandera y los baños públicos. Se detuvo por el camino el tiempo justo para comprar un pastel de aceite a un solitario vendedor ambulante, y lo devoró.
