Derramó vaidas sobre el mostrador de la lavandera y negoció el préstamo de un par de pantalones de lino con cordones y una túnica, además de un par de sandalias de esparto con las que poder patear la calle camino de los baños sin importar la calidez de la tarde. La mujer aceptó en sus manos rojas el ruin atuendo y las botas sucias. El barbero de los baños le cortó el pelo y le arregló la barba mientras él, inmóvil, disfrutaba de la sensación de estar sentado en una silla de verdad, espléndida. El mozo de los baños le sirvió té. Y luego de vuelta al patio de los baños, para descansar los pies en sus losetas mientras se frotaba con jabón aromatizado y esperaba a que el mozo lo enjuagara con un cubo de agua templada. En dichosa anticipación, Cazaril estudió el enorme tanque de madera con fondo de cobre y capacidad para seis hombres, o mujeres cualquier otro día, pero que gracias a lo oportuno de la hora parecía que iba a poder disfrutar a sus anchas. El brasero situado debajo mantenía el agua humeante. Podría pasarse allí toda la tarde, enjabonándose, mientras la lavandera ponía sus ropas a hervir.

El mozo se subió al taburete y derramó el agua sobre su cabeza, mientras Cazaril se sacudía y resoplaba bajo la cascada. Abrió los ojos y se encontró al muchacho mirándolo fijamente, boquiabierto.

– ¿Sois… sois un desertor? -consiguió balbucir el mozo.

Ah. Su espalda, el nudoso cuadro de cicatrices entrelazadas de tal modo que no quedaba piel ilesa debajo, legado de la última azotaina que le habían propinado los encargados de las galeras roknari. Aquí, en la royeza de Chalion, los desertores del ejército se contaban entre los pocos criminales que podían recibir un castigo tan salvaje.

– No -respondió Cazaril, con firmeza-. No soy ningún desertor. -Expulsado, sin duda; traicionado, tal vez. Pero nunca había desertado de su puesto, ni siquiera de los más desastrosos.



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