La cabalgata dobló al trote la cara del promontorio, en fila de a dos, desplegando toda la panoplia de su orden, una docena aproximada de hombres. No eran bandidos. Cazaril dejó de contener la respiración y tragó saliva hasta apaciguar su soliviantado estómago. Como si tuviera algo que ofrecer a unos bandidos aparte de diversión. Se hizo a un lado y se dispuso a observar cómo pasaba el desfile junto a él.

Para sorpresa de Cazaril, el capitán levantó una mano cuando se acercaban a él. La columna se detuvo en seco con estrépito; el chapoteo y el pisoteo de las pezuñas se propagaron de un modo que hubiera conseguido que el viejo caballista del padre de Cazaril prorrumpiera en airados e ingeniosos insultos contra tal banda de mocosos. En fin, tanto daba.

– Saludos, viejo camarada -dijo el líder a Cazaril, por encima del arco del portaestandarte de su silla de montar. Cazaril, solo en la carretera, evitó a duras penas girar la cabeza para ver a quién iba dirigido el saludo. Lo habían confundido con algún patán de la localidad, camino de la plaza o embarcado en cualquier otro recado, y supuso que el error estaba justificado: botas raídas cubiertas de barro, una gruesa capa de prendas harapientas y desparejas para impedir que el gélido viento del sudeste le congelara los huesos. Daba gracias a todos los dioses del cambio de año por cada mugrienta costura de aquellas telas, je. Barba de dos semanas irritándole la barbilla. Camarada, nada menos. El capitán habría estado en su derecho si hubiera elegido cualquier otro apelativo más desdeñoso. Pero… ¿viejo?

El capitán señaló hacia una intersección en la que otro sendero atravesaba el camino.

– ¿Es ésa la carretera a Valenda?

Hacía… Cazaril tuvo que pararse a contar mentalmente, y el total de la suma lo abrumó. Habían transcurrido diecisiete años desde que recorriera a caballo aquella senda con rumbo, no a ninguna ceremonia, sino a la guerra de verdad, en la comitiva del provincar de Baocia.



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