
Le apuntaban con sus narices como si pudieran olerlo a distancia. No era nadie a quien quisieran impresionar, ni lord ni lady que pudiera ser dadivoso con ellos del mismo modo que podrían serlo ellos con él; sin embargo, les servía para practicar con alguien sus aires aristocráticos. Confundían la mirada que les devolvía con admiración, quizá, o tal vez con simple estulticia.
Reprimió la tentación de indicarles el camino equivocado, en dirección a algún establo de ovejas o dondequiera que desembocara aquella bifurcación de aspecto engañosamente amplio. Sería improcedente burlar a la propia guardia de la Hija en vísperas del Día de la Hija. Y además, los hombres que se alistaban en las santas órdenes militares no destacaban por su sentido del humor, y puede que volviera a cruzarse con ellos, puesto que tenían la misma ciudad por destino. Cazaril carraspeó para aclararse la garganta, que no había utilizado para comunicarse con otro hombre desde el día anterior.
– No, capitán. El camino a Valenda está señalado por un hito real. -O lo estaba, hace tiempo-. A unos dos o tres kilómetros. No tiene pérdida.
Sacó una mano del cálido refugio de los pliegues de su abrigo e hizo un gesto hacia delante. Le costaba enderezar los dedos, y se encontró agitando una zarpa. El frío viento le laceraba las articulaciones hinchadas y se apresuró a embutir de nuevo la mano en su madriguera de telas.
