Cuando se acercaban a la puerta, un hombre de mediana edad y constitución robusta vestido con austeras ropas de lana negra salió y les amonestó de pasada, sin que su voz evidenciara rencor, pero sí firmeza:

– Betriz, si alguna vez vuelves a subir la colina al galope de ese modo, te quitaré el caballo. Y podrás emplear las energías que te sobren en correr a pie detrás de la rósea.

La aludida le dedicó una fugaz reverencia y un tímido murmullo:

– Sí, papá.

La joven de melena ámbar se puso firme de inmediato.

– Disculpe a Betriz, por favor, sir de Ferrej. La culpa ha sido mía. Ella no tiene más elección que seguirme allá donde yo vaya.

El hombre arqueó una ceja y se inclinó ligeramente ante la muchacha.

– Entonces quizá debáis meditar, rósea, acerca del honor al que puede aspirar un capitán que arrastra a sus hombres a un error a sabiendas de que él escapará impune.

Ante esto, los carnosos labios de la joven de melena ambarina se estremecieron. Tras sostenerle la mirada bajo las largas pestañas, también ella ensayó una fracción de reverencia, antes de que ambas muchachas escaparan a futuras regañinas entrando cabizbajas en el castillo. El hombre de negro sofocó un suspiro inaudible. La fámula, que caminaba con dificultad en pos de las chicas, le dio las gracias con un cabeceo.

Aun sin estos indicios, Cazaril podría haber identificado al hombre como el alcaide del castillo por el tintineo de las llaves que colgaban de su cinturón con remaches de plata, y la cadena de su oficio que le rodeaba el cuello. Se puso de pie de inmediato cuando el hombre se acercó a él, y ensayó una reverencia condenadamente torpe, obstaculizada por sus apósitos.

– ¿Sir de Ferrej? Me llamo Lupe de Cazaril. He venido a suplicar audiencia con la viuda provincara, si… si le place. -Su voz vaciló bajo el peso del ceño del castellano.



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